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miércoles, 15 de julio de 2009

¿Hijo predilecto o hijo de urta?


“Varela: único doble laureado, herido once veces y hombre casi tan pulcro como Millán Astray. Siempre de guantes blancos en plena campaña, RUMORÉASE que duerme con las Laureadas prendidas al pijama, recién planchado y crujiente de almidones” (Carlos Rojas, “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!”, Memoria de la Historia, Ed. Planeta, p. 195).

La Isla Republicana
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Jesús Núñez, en una conferencia que dio hace algunos años, terminó su discurso Pro-Varela con la enumeración de las múltiples condecoraciones con las que fue distinguido este Hijo Predilecto de San Fernando. Sólo describió, en una versión algo edulcorada, el instante de la concesión de ambas Laureadas. La Cruz Laureada de San Fernando era rara vez concedida en vida del condecorado. Varela rompió esta costumbre no sólo recibiéndola, sino condecorando a Franco el año en el que se consumó el inicio del nacionalcatolicismo que sumiría a este país en una oscura noche de casi cuatro décadas.
La primera de estas Laureadas se normalizó en el preámbulo de la Real Orden de 12 de diciembre de 1921. Es reconocida como una condecoración en tiempos de guerra, en un acto no de defensa, sino de ataque a la cueva de Rumán (Larache). El General Varela tuvo la valentía de matar con arma blanca, cuerpo a cuerpo, a muchos enemigos de la causa. De los 20 hombres que acompañaban a Varela en esa acción, sólo sobrevivieron cuatro. Todo un éxito, sí señor.

La segunda Laureada se concedió a través de Real Orden del Ministerio de la Guerra de 21 de julio de 1922. Varela, en un primer envite, tuvo 34 bajas de las 60 que tenía una primera sección, y de los 25 efectivos que fueron de apoyo, murieron 19. Una matanza que por tener resultado de supervivencia para el predilecto, le supuso esta segunda Laureada, también por méritos militares en tiempo de Guerra.
Se comenta que Varela fue candidato de una tercera laureada, aunque en este punto hasta sus propios defensores no se aclaran. Jesús Núñez dice que sólo fue una propuesta que le hizo Sanjurjo (otro que tal bailaba) como consejo al propio Varela, tras salir éste indemne de la conquista de la loma de Los Morabos en 1926, de las 115 bajas que hubo en ese enfrentamiento. Otros dicen que a Varela se le propuso la tercera laureada tras la Guerra Civil y que se negó porque “en una contienda de hermanos no debe haber medallas”. Quizá, si hubiese sido consecuente con esto, no le habría puesto la Laureada a Franco. O no habría aceptado altos cargos, premios y grandes beneficios que se le adjudicaron tras la contienda.
Pero la enumeración del resto de los distintivos no acaba aquí, ni mucho menos. Estaría bien saber que Varela fue distinguido con lo que ahora serían dudosos o nulos honores, como la Orden Imperial del Yugo y Las Flechas (antes denominada Gran Orden Imperial de las Flechas Rojas), condecoración establecida en dos grados (Caballero y Comendador) y en cinco distintivos (Gran Collar, Gran Cruz, Placa, Cruz y Medalla). A Varela le correspondió el “gran honor” de recibir el distintivo de la Gran Cruz de esta Orden. También la recibió Heinrich Himmler, jefe de las agencias que los Tribunales de Nuremberg describieron como “agencias más perversas, crueles y represivas conocidas en el siglo XX". Otra curiosidad sin importancia, los tres (y únicos) condecorados con el Gran Collar de esta Orden Imperial fueron Víctor Manuel III, Mussolini y Hitler.

Al margen de estas significaciones en torno a las medallas de nuestro predilecto ecuestre, que no tienen más importancia que la coincidencia histórica (como el hecho de que durante tras la Guerra Civil se publicase propaganda con la imagen de Varela bajo la esvástica, por ejemplo), no es menos relevante conocer que el General Varela se alzó para cercenar la voluntad del mismo pueblo que le acogió como Hijo Predilecto.
En las elecciones de 1936, el pueblo de San Fernando votó en masa, y decididamente, a favor del Frente Popular de Izquierdas. ¿Un hijo predilecto iría contra la voluntad democrática del pueblo que lo ha acogido como tal? Varela sí. Y sólo por este hecho debería retirársele tal consideración.
Los libros de Historia recogen a Varela como un conspirador, un golpista, e incluso como un genocida, hechos que no van en desmedro de sus particulares “méritos militares de guerra” (a los que se aferran los pro-varelistas para defenderlo), ni de su visión monárquico – conservador que luego olvidaría para hacer seguidismo de Franco.

Llegados a este punto concluyo: ¿hay que quitar la estatua ecuestre de la Plaza de España (más conocida como "plaza del rey")? La respuesta es, sin lugar a dudas, afirmativa. Primero por su significación antidemocrática, segundo porque una estatua ecuestre de ese estilo es poco menos que un atentado estético al buen gusto, y tercero porque si no la quitan pronto, lo corrosivo de los excrementos de las palomas acabarán disolviéndola (vaya, le he encontrado una utilidad civil a la estatua de Varela).
Hasta que llegue ese momento que muchos cañaíllas esperamos, la memoria de otro hijo predilecto de San Fernando, el Capitán republicano del Ejército Fermín Galán, sigue quedando relegada a las lóbregas mazmorras del olvido.